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Una mirada entre las rejas, desde Chiapas

Written by Super User on . Posted in Uncategorised

Compañeros y compañeras: 

Antes que nada queremos agradecerles la posibilidad de dar voz a este análisis para reflexionar junto a ustedes. Ojalá esta breve aportación sirva de algo para dar pasos más firmes en nuestro camino por la justicia social. A la vez, queremos agradecer y felicitar a la Cruz Negra Anarquista de México, por sus diez años de andar tumbando  muros, por su forma muy propia de acercarnos a l@s pres@s en lucha, por su sueño compartido de construir una sociedad sin cárceles. 

Nos presentamos para que puedan entender de donde miramos las cosas y como hemos construido nuestra visión de la cárcel que iremos compartiendo. Somos el Grupo de Trabajo “No Estamos Todxs” y nos creamos en el verano del 2010 como un colectivo de adherentes a la Sexta Declaración del EZLN que se ha activado alrededor de la prisión política, uno de los ejes de trabajo de la Red Contra la Represión, de la cual somos parte. 

Nuestro trabajo se ha realizado sobre cuatro ejes:

1. Las visitas y las reuniones con los presos políticos adherentes, para romper el cerco del aislamiento, conocerlos, tocarlos, tener memoria viva de ellos y, al mismo tiempo, organizarnos con ellos en la elaboración de estrategias de luchas por su liberación.

2. La difusión de sus casos. Desde el volanteo, hasta nuestra página internet, desde la participación a foros como en el que estamos y platicas con otros colectivos. Para que siempre estén presentes los pres@s polític@s en las demandas de los diferentes movimientos en que participamos.

3. La movilización, como instrumento necesario de presión para liberar a los compañer@s detenid@s. Realizar bloqueos de carretera, marchas o plantones para nosotr@s implica una continua y lenta labor de mediación y reunión con otras organizaciones, colectivos, familiares de l@s pres@s y comunidades, definiendo con ellas alianzas tácticas y estratégicas, según el caso.

4. El apoyo económico a l@s pres@s a través de la creación de formas de trabajo autónomas, como producción y venta de artesanías, ocupándonos de proveer el material inicial y encargándonos de la venta en el exterior del penal. 

Ha sido un camino difícil, que nos ha llevado a recorrer diferentes penales del estado de Chiapas. Un camino a ras de suelo, abajo y a la izquierda, sin la colaboración de los partidos políticos, sin acceder a los programas de gobierno y de las fundaciones, un camino a lado de los familiares y las comunidades de los presos y las presas en lucha. y donde sí caben diferentes formas de pensar de mucha gente sencilla y de corazón honesto. Un camino angosto, que, sin embargo, dio sus resultados. Muchos presos y presas adherentes a la Sexta han salido de sus celdas gracias a la lucha incansable del movimiento, en Chiapas. Nombramos los casos más conocidos: los presos de la comunidad de San Sebastián Bachajón, los de la Voz del Amate y de l@s Solidarios de la Voz del Amate. 

En esta presentación está el esfuerzo de que nuestra lucha ha sido por l@s compañer@s secuestrad@s por el Estado, es decir, es un trabajo contra la prisión política y no contra la cárcel en general. Es cierto, fue ese el motivo que nos aglutinó e hizo arrancar la chamba en aquel entonces. En el camino nos dimos cuenta, desde diferentes sensibilidades que nos hacían más o menos anticarcelari@s, que la prisión como sistema de re-educación es una total ilusión, un discurso de fachada, una mentira intencional, ya que lo que tenemos en frente es el infierno penal, una compleja maquinaria que busca contener las personas que sobran, aniquilar la dignidad humana, disciplinar los cuerpos, idiotizar las mentes y, a la vez, reproducir un flujo más o menos controlado de criminalidad, gracias a la cual el mismo sistema se auto-justifica y se mantiene. Hay un ejército de empleados entre policías, funcionarios, abogados y servicios anexos que simplemente desaparecerían si de repente los delincuentes se re-educaran. Y el Poder perdería su mejor coartada para militarizar y controlar nuestras calles y existencias. 

Es así que la prisión en sí no busca justicia sino que es sólo una pieza de un sistema de dominación que hoy en día perpetua el capitalismo. La cárcel representa, de alguna forma, el máximo esfuerzo del Estado de garantizar el orden necesario al “libre Mercado”, que, sin la inhibición social que el miedo a la pena reclusoria propaga, no encontraría tan fácilmente fuerza de trabajo domesticada. 

A estas afirmaciones hemos llegado analizando a poco a poco lo que íbamos viendo y escuchando en las largas filas en los días de visitas, en la actitud de los custodios, en los reglamentos internos, en la estructura formal e informal de control del penal, en los tratos recibidos, en los castigos ejemplares, en los cuentos y desahogos de nuestr@s compañer@s. Es decir en la realidad materializada ante nuestros ojos. Fue un proceso de formación de odio a la cárcel en la práctica. Para confirmar la utilización de los múltiples dispositivos de control, presión y coerción del régimen carcelario no sólo sobre los presos políticos sino sobre la población carcelaria en general, luego llegaron varios presos “comunes”, como se les dice a quienes fueron detenidos por razones no ligadas a la lucha, a compartir sus dolores y experiencias. Muchos de estos detenidos comunes, gracias al trabajo de concientización de los presos políticos, entraron de esta forma a la lucha y, algunos y algunas, encontraron en la resistencia organizada la salida de su infierno. 

Una mirada adentro: las condiciones carcelarias en Chiapas 

Lo que vimos desde las primeras visitas: un patio repleto de gente morena, hombres y mujeres indígenas, de todas las edades. Los discursos sobreponiéndose como en el mercado y en el griterío se escuchan lenguas diferentes. Quien entra y habla sólo el “castilla”, como vari@s de nosotr@s, de primer impacto se siente muy afuera de lugar. 

De hecho el porcentaje de indígenas en la población carcelaria general de Chiapas es altísimo, en algunos penitenciarios llega a la totalidad absoluta. De ahí se calcula un índice de presencia indígena mucho más alto que en las calles afuera. No tenemos datos a la mano, no los necesitamos, les hablamos de lo que vemos en cada visita: colas de mujeres con trajes tradicionales y niños a sus lados, mujeres que visitan a sus esposos, hijos, hermanos, gente de las comunidades rurales o de las barriadas indígenas que pueblan las periferias de las ciudades chiapanecas. Además de una clase pobre, los detenidos y sus familias representan una clase considerada por ciertos sectores de la población como étnicamente inferiores. En Chiapas el color de la piel es todavía un motivo determinante para ingresar al penal. Desde luego podemos decir que la cárcel, y paralelamente, al sistema de impartición de justicia, es antes que nada un conjunto monstruoso que reproduce el sistema de dominación colonial de la sociedad chiapaneca. 

¿Cómo pasa eso? 

Bueno pues........ 

Primero hay que tomar en cuenta, en la sociedad chiapaneca, la relación directa entre la pobreza y la apariencia a una cultura indígena. Desde la entrada del Conquistador Diego de Mazariegos hasta la fecha, la estructura social sigue siendo la misma: algunas cuantas familias blancas, de directa descendencia española, y otras mestizas, dominan económica y políticamente sobre una gran mayoría de indígenas mayas (y no sólo). Pero no vamos a entrar en más detalles porque pues nos saldríamos  mucho del tema de hoy, podemos decir que los pobres, en Chiapas, son esencialmente indígenas y/o campesinos. Es conocida y obvia la relación directa entre pobreza y marginación social con la tendencia a cometer delitos contra la propiedad o relativos al narcomenudeo (es decir, la opción urgente de delinquir para quienes la vida es sinónimo de sobrevivencia). Hasta aquí se confirma la selección clasista del sistema penal: sólo terminan en celda los pobres, como en cualquier cárcel del mundo. 

Pero en Chiapas, como en otros lados de la Republica, esta persecución contra los pobres se tiñe de racismo, por la estructura misma del sistema de justicia, que se rige sobre principios y criterios eurocéntricos, escritos en un lenguaje incomprensible y en el idioma del colonizador, el castellano. Un sistema de derecho penal derivado directamente del sistema occidental, que excluye el acceso  a quienes no hablan ese idioma y no entienden culturalmente esta estructura burocrática y vengativa. A prueba de que es una falta intencional, necesaria a perpetuar la discriminación étnica, va la ausencia de las figuras de los mediadores culturales, simplemente remplazada con la de los traductores (que nunca son mediadores culturales, simplemente son empleados del gobierno que hablan alguna lengua indígena). 

En realidad, afuera del discurso a veces vacío sobre los derechos humanos,  La realidad es esta: una buena dosis de golpes y vean como todo arrestado confiesa, entienda o no el español. Se deduce en que para los policías es mucho más fácil, ante la necesidad de dar a entender que están cumpliendo su labor, arrestar a cualquier desgraciado que no hable el castellano y, aprovechando su desventaja cultural (y escasos recursos económicos), torturarlo hasta conseguir su confesión. Presas fáciles de estas redadas policiacas son los alcohólicos, los vagabundos, los jóvenes, las trabajadoras sexuales y todos aquellos agarrados en verdaderos asaltos nocturnos de limpieza social.                                                                     

Estamos así denunciando un uso sistemático de la tortura como método ya normalizado de investigación y resolución ficticia de los casos. Frente a la denuncia de un delito, el sistema busca como culpable al primer desafortunado que cumpla con este perfil básico: alguien que no puede pagar mordidas, no entiende el español, no tiene amistades importantes. En la muchedumbre de los y las indígenas pobres se pesca al futuro sentenciado. Se les aísla en una casa de seguridad, se les tortura con golpes, toques eléctricos en los genitales, submarinos y telefonazos, los violan sexualmente y todo esto hasta que firmen algo, hojas en blanco o una confesión pre-redactada. Siguen años de encierro, a veces una vida entera adentro. 

Estos modos racistas llenan la cárcel de hombres y mujeres que, muchas veces, no saben y no entendieron bien porque fueron detenid@s. No somos jueces, no hemos leído los miles de expedientes de los encarcelad@s en Chiapas, pero la sensación que nos dio la experiencia y los casos conocidos, es que los penales están llenos de gente inocente, con decenas de años de sentencia dictadas en base a pruebas pre-fabricadas y confesiones bajo tortura. El trastorno generado por un trauma de este tipo (no saber, no entender y saberse inocente) es incalculable para el estado psicológico del detenido. Hombres y mujeres viven atrapad@s en una estructura que los menosprecia, sin posibilidad de salida, por la dificultad de comprensión cultural y la falta de recursos para pagar a los abogados. 

Por cierto, también hemos escuchado historias de abogados que, aprovechándose de la ignorancia en ámbito legal de los familiares de los detenidos, piden dinero a cada rato durante muchos años para interminables procesos, alargados con la complicidad de los jueces que reciben parte de la ganancia. 

En fin, cabe señalar sobre este sistema de procuración, administración e impartición de justicia otro matiz racista: el menosprecio de los usos y costumbres comunitarios y su lectura desde el derecho penal individualista/moderno. Hay  prácticas de los pueblos que, miradas con lentes occidentales, llegan a poder ser tipificadas como delitos; por ejemplo el trabajo colectivo comunitario o ejidal que se vuelve trabajo forzoso no remunerado (es decir esclavitud); una huida de dos novios, sin consentimiento de los padres, se vuelve secuestro y violación; una retención por parte de la asamblea comunitaria se vuelve secuestro calificado. Por supuesto una lectura de los hechos comunitarios de este tipo es parcial y racista, pero permite a la ley colonial de entrar a las comunidades y llevarse presas personas que viven según sus costumbres y que, en la mayoría de los casos, han sido señaladas ante el Ministerio Público por sus rivales del mismo pueblo. 

Adentro de los penales la situación de discriminación racial sigue sobre todo en la relación con la autoridad penitenciaria, pues los funcionarios y oficiales encargados no hablan las lenguas indígenas (en cambio algunos custodios sí). Es un problema de los internos pero también de sus familiares. Hemos asistido, con diferentes intensidades en los varios penales, a maltratos racistas hacia las indígenas en cola y a insultos y vejaciones sexuales en las revisiones en los vestidores, considerando como mayormente humillante el manoseo agresivo para una cultura que incluye una púdica distancia entre los cuerpos. Hay que subrayar que, dada la distribución demográfica en Chiapas, la mayoría de las familias visitantes no viven cerca de los penales y cada incomprensión, falta y problema se paga con la negación del derecho de entrada al familiar. Una vez más, el no hablar español crea más frecuentemente estas incomprensiones y, desde luego, la cancelación de la visita. La lejanía del hogar al centro de detención transforma así la visita en una frustrante tortura con un peso económico insostenible. 

Dejando de un lado la especificidad de la opresión colonial perpetuada por el sistema carcelario en Chiapas, podemos afirmar que los demás problemas sufridos por l@s intern@s son los mismos de la mayoría de los penitenciarios del país y, quizás, de muchas partes del mundo. Primeramente el hacinamiento: en promedio las cárceles de la región encierran casi el doble de los presos por los cuales fueron pensadas. Vimos celdas de 3 x 2 metros con nueve o diez personas durmiendo, empiladas. Esta concentración humana genera habitualmente tensiones, mayor exposición a las enfermedades y crea, entre otras incomodidades, un “mercado de camas”, es decir un sistema de compra-venta de lugares en las celdas. Quienes no recaudan dinero suficiente, pueden pasar años durmiendo en los pasillos. Al mismo tiempo existe un sistema de cuotas para acceder a las diferentes actividades en el penal, cuotas que se deben o a los a los principales, que vendrían siendo (representantes de los detenidos nombrados por la autoridad penitenciaria), o  a las mafias internas, o a los custodios. En fin, a este cuadro desolador, hay que agregarle la falta de médicos y medicamentos, la mala comida, los espacios insalubres, las faltas periódicas de agua, luz y teléfonos. Las pocas comodidades que los internos logran meter, pagando las relativas cuotas de permiso, como televisores, lectores DVD, libros no permitidos, celulares y objetos similares son periódicamente destruidos o confiscados por los violentos allanamientos del grupo Lobos, fuerzas especiales de intervención y traslado en los penales de Chiapas. 

Las alternativas: un proceso a construir, con muchos interrogantes 

El sistema carcelario, es decir el sistema de sanción a través del encierro prolongado y proporcionado al delito, no existe desde siempre. Es una forma de castigar específica que inició con la Ilustración, hace poco más de dos siglos. Desde sus comienzos las casas penitenciarias han cumplido con esta triple función de basurero social, disciplinamiento de cuerpos y perpetuación de la criminalidad. Una forma histórica de castigo propia de la fase madura del capitalismo, modo de producción aún dominante. 

Igualmente desde hace doscientos años, los problemas de la detención masiva de cuerpos y mentes son los mismos que acabamos de señalar en el Chiapas de hoy. Es decir no hay solución a estos problemas, son estructurales, son implícitos al sistema mismo: la vida de los reos es suspendida en términos de derechos y sus cuerpos son rehenes de la burocracia estatal que los utiliza, los veja y los segrega según los criterios del momento. La re-educación y la re-integración de los delincuentes son un cuento de hadas que no puede (y para el Poder no debe) materializarse. No hay esperanza de reformar este sistema carcelario, hay que buscar otro totalmente diferente. 

El problema es que en las culturas urbanizadas y occidentalizadas,  está colonizado a tal punto que nos cuesta, como sociedad, pensar otra forma de administrar, impartir y procurar la justicia. Hay algunas buenas conciencias que les da pena o piedad, buscan leyes reformadoras, pero no se dan cuenta que las prisiones van a seguir siendo útiles al modelo de dominio militar/capitalista. 

La fortuna de trabajar en Chiapas está en la posibilidad de tener al alcance de la experiencia otro modelo de aplicación de justicia, él que ejercen los pueblos organizados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Ahora ya no da para profundizar como funciona este sistema alternativo, arraigado en la tradición pero renovado al punto oportuno para garantizar los derechos humanos de los juzgados y de las víctimas. Nos sirve señalar que nunca el encierro como tal es un castigo considerado oportuno para l@s zapatistas: primeramente se busca la reparación del daño, luego se acompaña al culpable en un proceso de re-educación a través de trabajos comunitarios. Durante esta re-educación el culpable puede ser visitado por su familia en cualquier momento y se le provee la misma comida que reciben l@s demás comuner@s. Un sistema que se asemeja a él de la policía comunitaria en Guerrero. Es decir, en las montañas y en los campos de nuestro país ya hay experiencias de justicia reparativa que no buscan reproducir las perversiones del sistema carcelario. Sin duda son procesos imperfectos, mejorables y que no deben ser mitificados. Pero representan una luz contra la ceguera del imaginario colonizado y clavado en el mundo del castigo penal del delito y ofrecen la posibilidad inmediata de discutir sobre cuales formas alternativas podemos crear contra la monstruosidad de las cárceles. 

Por ello urge construir respuestas colectivas y comunitarias ante la demanda de seguridad y la sed de justicia, demostrando que podemos organizarnos sin policías, tribunales y cárceles. 

Nos han enseñado que afuera de la ley existe sólo el linchamiento, pero afuera de la ley también florece otra humanidad. Un pedacito de esta se encuentra y late en el corazón moreno e indígena de estos territorios... otro tanto nos toca sacarlo de nuestra imaginación, de nuestros sueños, de nuestros movimientos. 

Gracias, salud y libertad para todas y todos. 

El Grupo de Trabajo “No Estamos Todxs”

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